domingo, 20 de mayo de 2012

¿Por qué nos engañamos?

Desde pequeño hemos oído de nuestros mayores que está mal mentir y engañar a los demás, pero pocas veces nos hablaron de algo que es mucho peor: engañarnos a nosotros mismos. ¿Por qué lo hacemos?

El autoengaño es, sencillamente, una defensa para, en muchos casos, no afrontar la realidad. A corto plazo vivir engañado produce un beneficio: evitar pasarlo mal haciendo frente a una situación poco agradable, por ejemplo. Sin embargo, a largo plazo el autoengaño no provocará más que problemas. Entre ellos, la sensación de no poder afrontar tus propias dificultades, con el consiguiente daño personal que eso conlleva.

Para combatir el autoengaño es necesario ser muy consciente de qué está pasando a nuestro alrededor, y para ello el feedback de nuestros seres queridos es fundamental. Nuestra visión está muy acotada, incluso a veces, tremendamente influida no por lo que pasa, sino por lo que querríamos que pasara.

En definitiva, bajo el autoengaño vive oculto el miedo: el miedo a asumir que la realidad es bien diferente a como nos gustaría que fuera. Y ante esto, si queremos ser felices, podemos actuar de dos maneras: aceptando que esta situación es la que es, o bien actuando para cambiar y reconducir nuestra vida hacia donde nos gustaría que en realidad estuviera. 

Vivir en una realidad ficticia, a la larga, no trae más que problemas.


martes, 8 de mayo de 2012

¿Por qué quejarte no te ayuda?

A menudo ocurre que nos quejamos por todo: porque el metro llega tarde, porque los precios suben, por la crisis, porque todo nos sale mal...Y yo me planteo, ¿de qué sirve la queja? Lo cierto es que la queja es una válvula de escape ante la rabia que puede suscitar en nosotros un hecho negativo. Es una especie de ayuda para "sacarlo fuera". Pero toda queja también tiene su lado oscuro...

Cuando te quejas, en el fondo y de forma inconsciente, te estás diciendo a ti mismo que ese hecho, que está fuera de tu control, te afecta. ¡Y claro que te afecta! Ahora bien, una cosa es que te afecte y otra muy distinta es que tu vida dependa de ello. Cuando te quejas, estás alimentando la creencia de que no controlas tu propia vida, puesto que hagas lo que hagas, siempre habrá algo que te joderá el día. 

Este hecho camina sobre la delgada línea del victimismo. Seguro que conoces a la típica persona que se pasa todo el día quejando por todo, como si el mundo estuviera en su contra, como si no pudiera hacer nada para evitar las cosas que le ocurren. En realidad, este comportamiento es un mecanismo de defensa para no asumir su responsabilidad. Es más fácil quejarse por todo que actuar para que las cosas cambien.

En resumen, las quejas hacen que pierdas el control sobre tu vida y evitan, en muchos casos, que puedas tomar decisiones para cambiar la situación que no te gusta, limitando tu responsabilidad y mermando tu autoestima.

Hay quejas adaptativas y muy sanas (como por ejemplo, cuando nos quejamos por un mal servicio en un restaurante). La clave en esta distinción es preguntarnos si quejarnos va a servir de algo. Porque si la respuesta es NO, estaríamos tirando piedras contra nuestro propio tejado, al sentirnos, sin quererlo,  impotentes e incapaces. 

Nosotros somos los dueños de nuestras propias vidas y tenemos el poder de decidir qué nos afecta y qué no, y de qué manera. Usemos ese poder para potenciarnos, no para limitarnos.


domingo, 22 de abril de 2012

¿Por qué dejamos todo para mañana?

La procrastinación es una palabra horrible que hace referencia al humano hábito de postponer tareas u ocupaciones para más adelante. Algunos estudios indican que lo que hay detrás de esta mala costumbre, en el fondo, es un exceso de perfeccionismo, o incluso miedo al fracaso.

Lo que está claro es que retrasar lo inevitable sólo nos lleva a perder nuestro tiempo, a engañarnos a nosotros mismos, y lo que es peor, a dañar nuestra propia autoestima.

Una buena estrategia que ayuda a combatir el aplazamiento de tareas es dividirlas en tareas más pequeñas y manejables, de manera que no nos dé tanta pereza hacerles frente. Es interesante ver cómo lo que más nos cuesta es arrancar. Dedicar unos pocos minutos a dicha tarea nos salvará muchos dolores de cabeza.

lunes, 16 de abril de 2012

Lo que me enseña el running: la relatividad de los retos.

Con esta entrada pretendo inaugurar una nueva sección llamada "Lo que me enseña el running". O lo que es lo mismo, lo que aprendo mientras corro. Para mí, esta actividad física realmente se está convirtiendo en una filosofía de vida. Mucho más allá de los múltiples beneficios saludables que proporciona, ofrece una oportunidad muy grande de entrenar la fuerza mental, la cual nos resulta muy difícil de ejercitar habitualmente. Por otro lado, las múltiples vivencias que experimento mientras entreno se traducen en metáforas de la vida y del día a día dentro de mi cabeza, y de eso pretendo hablar en este espacio.

Hoy, concretamente, quiero reflexionar sobre la relatividad de los retos. Creo firmemente en que la única manera que tiene el ser humano de evolucionar y crecer a nivel personal es mediante la superación. Y para superarnos, necesitamos retos. Objetivos que nos motiven, que entrañen una cierta dificultad para nosotros, y que nos satisfagan a un nivel de autorrealización. La actividad del correr es un escenario perfecto para plantearnos retos, ya que OFRECE MEDIDAS OBJETIVAS, como son las distancias, los ritmos o las pulsaciones. Un reto (en general), por tanto, debe ser medible de forma objetiva, entre otras cosas.

¿Por qué me refiero entonces a la RELATIVIDAD de los retos? Sencillamente al siguiente hecho: cuando yo acabé mi primera carrera de 10 kilómetros, sentí que había ROTO UNA BARRERA MENTAL. Esos 10k, de pronto, habían dejado de ser un límite para mí, porque ya lo había conseguido. Y esto genera confianza, mucha. Ahora cuando salgo a entrenar, mis rodajes suelen bordear esa cifra, y muchas veces la superan. No hace mucho concluí la media maratón de madrid en un tiempo más que aceptable para mí, y de nuevo, con eso, rompí un nuevo límite. Ya que lo puedo hacer. No lo intuyo, no lo imagino, no lo sueño. Lo sé. 

Las dificultades son relativas a los logros que hayamos conseguido. Con cada barrera que tiras, tu confianza aumenta. Integras la creencia de que PUEDES superar cualquier otra que se te ponga por delante.

Por eso, pregúntate hoy: ¿qué barrera me gustaría tener derribada mañana? Toma distancia, y relativiza esa dificultad, porque una vez la hayas vencido, no te habrá parecido para tanto. Ten la seguridad de que con esfuerzo, sentido común y constancia, cualquier objetivo es alcanzable.

domingo, 25 de marzo de 2012

La publicidad emocional

En mi anterior entrada definí "vender" como la transmisión de emociones a través de productos y servicios. Pues bien, es interesante analizar la corriente que se está poniendo de moda últimamente: la publicidad emocional. Ésta consiste, básicamente, en crear un torbellino de sensaciones en el espectador, culminando con el mensaje y la emoción que la marca pretende grabar en nuestro inconsciente.

Recomiendo ver primero los vídeos para que cada uno experimente sus propias sensaciones antes de leer mi análisis. Así se evita cualquier tipo de sugestión.





En este primer vídeo se recurre a la inocencia y a la ternura que despiertan los niños pequeños a través de una situación altamente cotidiana: un adulto arrastra problemas, y el niño, que no es tonto, lo percibe, narrando este hecho en primera persona. El anuncio concluye de manera magistral con la voluntad del niño de querer hacer algo para que sus padres se sientan mejor. ¿De qué manera? Dándoles Actimel para que se cuiden y para que su organismo responda mejor a las adversidades cotidianas. Este hecho, sin duda, transmite numerosas sensaciones al espectador, que interpreta ese gesto de manera muy positiva: es un detalle agradable, relacionado con la bondad, el bienestar, la solidaridad, el amor, la inocencia y la generosidad pura de un niño...

En definitiva, en el fondo se hace uso del habitual mensaje "quiero lo mejor para ti". La originalidad de este spot, sin embargo, reside en cómo le dan la vuelta a la tortilla, utilizando una historia en la que es el hijo el que lanza el mensaje a sus padres, y no al revés (que suele ser más común), consiguiendo generar todas esas sensaciones.




Este segundo anuncio es mucho más frenético a nivel emocional. La escena comienza en la puerta de un hospital, donde una pareja se dispone a salir con su bebé recién nacido para irse a su casa. La música induce un estado de temor o suspense en el espectador, y de hecho los padres, a pesar de la llegada al mundo del hijo que tienen entre sus brazos, ninguno está sonriendo (más bien se intuye la preocupación en sus caras). Además, en la siguiente escena se ve cómo ambos corren con su hijo hacia el coche en una cerrada noche lluviosa. Todos estos elementos, sin duda, aportan más suspense, inquietud y desasosiego en el espectador, que no entiende por qué a partir de una noticia tan agradable como es un nacimiento surge una escena tan inquietante. El efecto producido es confusión. Y un ser un humano no quiere sentirse confuso, por lo que es una clara invitación a ver el resto del anuncio para averiguar cómo sigue la historia. Nos han enganchado desde el principio.

En las siguientes escenas nos ofrecen datos del bebé, algo que probablemente cambia el registro emocional del espectador, que al fin se relaja y sonríe, enternecido por las imágenes. La música en esta parte, además, parece que empieza a avanzar.

Sin embargo, la visión de un camión amenazante y, sobre todo, de los ojos aterrados del padre al observarlo, vuelven a ponernos sobre alerta. El miedo se dispara. Y a los dos segundos, de nuevo volvemos a respirar al comprobar que el conductor consigue controlar el coche, salvando a su familia. Y es en ese momento cuando la cámara nos ofrece un plano medio de las ruedas. En ese preciso instante se alcanza el éxtasis del anuncio, y el espectador graba a nivel inconsciente en su mente la idea "Estas ruedas salvan vidas".

Esta creencia se refuerza, además, si pensamos en el dramatismo que podría suponer un accidente en el que se vieran implicados unos padres con su hijo recién nacido. Pero esta idea se descarta, dando más fuerza al mensaje, en la siguiente escena a través de la frase "...pero no ahora". Los padres entonces respiran aliviados.

En la escena final, ocurre un detalle sutil y breve: sólo cuando aparece una rueda Bridgestone con la familia encima, contemplamos el único momento en el que se ve a los padres sonreír, poniendo fin a estos vaivenes de emociones. Es un símbolo claro de seguridad para ellos. Y la seguridad transmite confianza, serenidad y calma ("todo acabó bien"). Es lo que la marca pretende asociar a su producto, y bajo mi punto de vista lo consigue con creces.

viernes, 16 de marzo de 2012

¡Mamá, necesito esos pantalones!

La persona que piense que cuando adquiere un producto lo hace "con la cabeza fría", en muchos casos se equivoca...sin darse cuenta. Y me apoyo en los datos de estudios realizados sobre nuestras tendencias al comprar en lo que se conoce como establecimientos de libre servicio (como supermercados o grandes almacenes):
  • El 45% del gasto de un cliente procede de las llamadas compras planificadas: vienes con la idea de adquirir algo que necesitas, y lo compras.
  • Sin embargo, el mayor grueso en los beneficios, con un 55%, se obtiene a partir de las compras no planificadas: son aquellas que realizamos por impulso, en el mismo momento, sin haberlas contemplado antes de llegar al establecimiento.
Y es que los vendedores saben muy bien cómo llegar al consumidor: apuntando directamente al hemisferio derecho a través del precio (ofertas, descuentos...) y, sobre todo, de la publicidad. Ésta consiste, fundamentalmente, en anclar lo ofertado a un estado emocional. Tú no te fijas en el producto en sí mismo, sino en lo que te dicen que vas a experimentar a través de él. Todos estos mensajes atacan a nuestra parte inconsciente y se quedan ahí procesándose, a la espera de pasar a la acción a corto plazo.

Son famosos por ejemplo, los productos de AXE, precisamente, por su alta carga sexual. El mensaje transmitido es: "con AXE no se te resistirá nadie". Sobran las palabras:



Y famosos son también otros anuncios como el de BMW: "¿te gusta conducir?". En este último, es especialmente llamativo el hecho de que el producto a vender no se deja ver ni una sola vez en todo el anuncio, porque el objetivo es que el televidente se enfoque en las sensaciones que experimentaría si lo condujera, para evitar juicios racionales sobre si la línea es atractiva, si el motor consume demasiado o si es muy caro para mí:


En definitiva, la realidad es que en nuestra sociedad hemos frivolizado la palabra "necesidad". Lo que nos parece una necesidad, muchas veces no es más que un deseo (que es bastante diferente) de conseguir algo, en ocasiones material, que implica automáticamente (según nos han hecho creer) que seremos más poderosos, más cool, estaremos más a la moda o seremos socialmente más aceptados. Todo esto es producto del buen trabajo de la publicidad, que ha anclado a sus productos todas estas sensaciones. Al final, la compra en sí misma no es lo importante: lo importante es que, a través de ella, conseguirás sentirte de un modo determinado: estás adquiriendo un estado de ánimo.

Vender es transmitir emociones a traves de productos y servicios. Consumir no es más que rendirnos a nuestra condicion humana y animal de perseguir instintivamente aquello que nos hace sentir bien.

viernes, 16 de septiembre de 2011

100km en 24horas (IV y V): San Sebastián de los Reyes-Tres Cantos-Colmenar Viejo

Tus músculos se habían quedado congelados al estar expuestos a aquellas temperaturas tan bajas a altas horas de la madrugada. Reanudaste la marcha muy lentamente, dejando que tus piernas poco a poco se fueran calentando. Sabías que era factible conseguirlo, pero también eras consciente de que aún te quedaban unos 24 km por delante. Sólo quedaba dejarte llevar, y no enfocarte demasiado en tus dolores. La cuesta arriba que os daba la bienvenida al reanudar la marcha funcionó como la metáfora perfecta de lo que este último tramo supondría.

Tu ánimo se encuentra al 80%. Has conseguido romper la barrera psicológica de llegar a San Sebastián, y en tu cabeza no dejar de resonar que "ya lo demás es cuesta abajo". Le confiesas a Paco que antes tu ánimo estaba muy decaído. Como si no se hubiera dado cuenta...

Las ampollas comienzan a mermarte de verdad por primera vez en estos 75 km que sumas a tus espaldas, pero el dibujo del amanecer en el cielo te hizo olvidar todo por unos instantes. Paco fue, especialmente en estos kilómetros finales, fundamental. Te dejó sus bastones, te ofreció pasas que te dieron la vida y te animó cuando flojeabas.

Por el camino sufriste al ver personas que iban literalmente arrastrando sus piernas, a un ritmo muy lento. Sabías que no lo conseguirían así, y al pasar a su lado les ofrecías un poco de tu energía en forma de ánimos. Os unisteis a un grupo de chicas de Murcia, tremendamente fuertes y resistentes. Mientras charlabais, tu femoral te avisaba de que no estaba bien, lo que te forzaba a andar tirando de la cadera, sin doblar demasiado la pierna. Pensaste si tenías en casa el teléfono del fisioterapeuta. Bien.

Tu estómago te pide comida cada 5 minutos, era impresionante la forma en la que tu cuerpo te demandaba energía en esos kilómetros de último y máximo esfuerzo. Paco y tú sólo pensabais en llegar, ya os daba igual entrar en las 24 horas estipuladas. "Esto lo acabo yo como sea", pensabas. Tu ánimo decae por momentos al ver que tus pies están bastante cansados, pero aprendes a escuchar otras voces, a enfocarte en otras sensaciones. Hasta en un atasco podrías escuchar música clásica saliendo de un coche.

Al llegar al carril bici por el que algunas mañanas habías corrido antes de ir a trabajar, no puedes evitar sentirte en tu territorio, y eso te impulsa. La gente con la que ibais apretaba, pero Paco nunca te abandonó. Le necesitabas, ahora que estabas más cerca que nunca.

Al llegar al polideportivo de Tres Cantos, ni te molestas en coger tu mochila. Refrescas tus pies, y decides quitarte el apósito que cubría tu ampolla, te estaba molestando con su roce. Mala idea. Terrible. Aprendiste que si no es por una razón crítica, nunca debes quitarte algo que te estorbe ligeramente. Comes una ensalada de pasta, y reanudas la marcha buscando el triunfo. A pocos kilómetros te espera la meta. Con el tiempo ajustado, eso sí.

De camino a Colmenar, atraviesas unos pedregales. Te das cuenta de que corriendo al trote los desciendes mucho mejor. Te relaja algunos músculos que, para entonces, llevas al límite. 3 kilómetros después, llegas a un avituallamiento. ¡Sólo faltan 8 km!

A medida que avanzáis, vais dejando gente atrás. Gente dolorida. Gente que, incluso, se tambalea. Llegaba la hora de atravesar unos riachuelos cruzando por encima de unas piedras. Hay chicas delante en una fila, y tardan demasiado en cruzar por el miedo a caer. Te estaban cortando el ritmo, y tus músculos se enfriaban. Un "¡Vamos, ostias!" saliendo de tu boca revelaba que estabas enfadado. Sabías que cualquier pequeño fallo en este punto podía mandar todo al traste. Eres consciente, además, de que el recorrido que te queda tiene una pendiente muy fuerte, lo conocías bien. Con lo que no contabas tampoco es con la salida del sol, que poco a poco comenzaba a hacerse notar.

Entonces piensas que quizás no haya sido buena idea haber cogido una única botella de agua. Está a menos de un tercio de su capacidad, y te queda un tramo horrible por delante con el calor emergiendo. Con la idea de reservar agua y la esperanza de encontrar un avituallamiento pronto, prosigues tu marcha. Notas que Paco está un poco impaciente, él va mejor que tú. Escribe un mensaje desde unos metros más alante y te dice: "tú siempre clavas los tiempo de llegada, ¿a qué hora crees que llegaremos?". "A las 11.35, 5min+-" le respondes. En ese momento, te comunica que decide apretar el ritmo, lo cual provoca que te quedes solo. Está bien, lo peor ha pasado, un momento de soledad lo podías incluso agradecer.

El problema es que empiezan a aparecer las cuestas, una y otra vez. El sol aprieta de verdad. Te tapas con tu buff para no quemarte la oreja derecha. Cuestas. Es lo único que alcanzas a ver en cada cambio de rasante, y ni rastro del puto avituallamiento. Te enfocas demasiado en lo sediento que estás, en el calor....y temes desmayarte. De pronto, encuentras a un viejo conocido de la salida. Hablas un poco con él, aunque no tenías energía para ello. Tu ánimo se encuentra al 35%, tu estado físico al 20%. La desesperación se apodera de ti, y la detienes momentáneamente cuando este chico te ofrece algo de agua. Bebes dos buches, el tercero lo dejas en tu boca y lo escupes dentro de tu botella. "Por si acaso", piensas. Estabas jodido, de verdad. Comes un melocotón para meter más agua a tu cuerpo, y respiras hondo para hacer desaparecer la mala hostia que llevabas encima. No era normal no haber colocado un solo punto de avituallamiento en medio de esas vorágime de esfuerzo vertical. Pero sabías que el enfado te activaba y consumía energía que necesitabas para otras cosas. Mejor dejarlo a un lado...

Coges una botella vacía del suelo, sabías que al final de ese infierno habría una fuente. Pero descubres, con sorpresa, que un punto de avituallamiento te espera a falta de 1.5 km para llegar a la meta. Una mezcla de indignación y alegría te invade. Te bebes dos botellas del tirón. Tu ánimo sube al 60%, y para relajar tus piernas trotas durante unos 500 metros. Ya queda poco. A lo lejos, se divisa el polideportivo. Es el momento de sacar tu cámara para grabar la entrada.

Bajas una cuesta sin saber muy bien qué sientes, cuando de repente, allí los ves. Han venido a recibirte. Alberto, Aura. Sin palabras. Los últimos metros hacia la meta hicieron que la emoción te embargara. El apoyo del amor y la amistad, la mano que te empujó en los metros finales, que compartió contigo la alegría del éxito, del triunfo. Pensaste además en toda la gente que te había estado apoyando, que no habían siquiera dudado de que lo conseguirías.

El cruzar la meta supuso un instante de disfrute infinito, la euforia te embargaba. El alivio después de curar la herida. Un diploma acreditaba que completaste los 100km en 23:40. Objetivo conseguido. Y de todo esto aprendiste muchas cosas, pero sobre todo, te reafirmaste en la idea de que hagas lo que hagas, el apoyo de la gente, de una o de otra manera, es crucial. Si quieres llegar rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve bien acompañado.

Una cosa importante en la vida, es acabar lo que se empieza. Bien o mal. Con éxito o sin él. Pero acabarlo. Retirado o entrando en meta. El placer del reto no se basa en la consecución del mismo. El camino es lo que más te puede hacer disfrutar, no el fin.

domingo, 24 de julio de 2011

100km en 24horas (III): Tres Cantos-San Sebastián de los Reyes

Al salir de Tres Cantos notas la adrenalina recorriendo tus venas: estás estresado. El hecho de ver a tan poca gente y, sobre todo, de salir con un retraso de 10 minutos sobre el tiempo límite te había influido. Decides llamar a tus padres, tenías varias llamadas que no pudiste atender antes. Ellos te dan ánimos a su manera, y eso te da fuerzas para seguir, para creer que esa desventaja temporal se podía superar. Al llegar a una encrucijada cercana al polideportivo, seguiste por la acera de enfrente, como te dijeron unos chicos de la organización. El camino resultó ser asfalto solitario y poco iluminado. A cada paso, sembrabas más dudas. No estabas seguro de que fuera la ruta correcta, ya que no encontrabas ninguna baliza, pero estabas a mitad de camino. ¿Qué hacer? Decidiste seguir avanzando hasta el primer cruce, que parecía estar cercano. Si no veías nada entonces, la habrías cagado. Y así fue. Sentiste una mezcla de rabia e impotencia, ya que fácilmente anduviste un kilómetro y medio fuera de mapa. "Cojonudo, más retraso aún". Tu ánimo cayó hasta el 30%, el tiempo era una losa encima de ti. Esta sensación, y la posibilidad de abandonar "porque no llegas a tiempo" te invadió...durante un minuto. Sabías que llegar o no estaba en tu mano, ¿y cómo se combate el retraso? Espabilando. Decidiste volver de vuelta hasta el punto de cruce corriendo. Una vez que llegaste, te diste cuenta de que el camino real estaba escondido tras unos matorrales. Le dedicaste mentalmente algunas palabras poco agradables a la gente de la organización, y te introdujiste en la vereda. Estabas de nuevo en ruta, vuelves a respirar.

Envalentonado, volviste a recordar la frase que te llevabas repitiendo todo el camino. "Si llego a Sanse, está hecho". Se había convertido en una creencia firme para ti, y te vienes arriba. Pero primero había que llegar...

Continúas la estela de luz que dejaban las barras de luz fría en el camino de tierra...hasta que dejaste de verlas. "¿Cómo puede ser? ¿Otra vez me equivoqué?". No había dudas, no veías ningún tipo de baliza. El agobio y el recuerdo de lo que te acababa de pasar te volvían a abrazar. "Tranquilo", pensaste. Sólo tenías que volver sobre tus pasos hasta la última baliza para ver qué hiciste mal. Esta vez no te preocupaste por el tiempo, sino simplemente por dejar de perderte.

En ese momento pensaste en lo solo que estabas, y lo bien que te vendría alguien para acompañarte durante el duro tramo nocturno que se avecinaba. Inmerso en esta reflexión, miraste hacia Tres Cantos, suplicando al Universo que te enviase a alguien. De pronto, a lo lejos divisaste una luz intensa que avanzaba frenéticamente hacia ti en un movimiento de arriba a abajo. Esa luz se fue transformando paulatinamente en una figura. Esta silueta, finalmente, acabó dando paso a un participante con dos bastones, venía realizando con brío la marcha nórdica. Se trataba de Paco. Tú entonces no lo sabías, pero Paco se convertiría en un factor fundamental para ti más adelante. Decidiste presentarte, y él no tuvo ningún problema en acompañarte. Te bastaron 30 minutos de conversación para darte cuenta de que habías dado con la persona ideal para continuar tu camino. Paco era una persona muy comunicativa, afable, increíblemente generosa, y te transmitía mucha confianza.

Reanudasteis la marcha con brío, a más de 6km/hora. Parecía imposible que vuestros ritmos de marcha además fuesen tan compatibles. Los siguientes kilómetros los hiciste fluyendo absolutamente. Te sentías bien, con fuerzas, con ánimo. El haberte encontrado con tu nuevo compañero tuvo mucho que ver, desde luego. Acordasteis parar cuando fuera necesario y comunicar en todo momento nuestras necesidades, en una demostración de sinergia total. Las conversaciones iban y venían. Hablasteis de vuestras vidas, vuestro mundo, vuestra forma de ver las cosas. La cosa pintaba bien.

Fue a la altura del kilómetro 60 cuando notaste que la marcha se iba haciendo cada vez más pesada: los músculos en tus piernas empezaban a contracturarse, y tu compañero sospechaba, aunque nunca quiso comprobarlo, que le estaba naciendo una ampolla en su pie. Vuestro ritmo de carrera bajó, probablemente hasta los 5km/h, quizás menos en algún momento. El único objetivo era llegar al siguiente avituallamiento. Pero los pasos se empezaban a hacer eternos.

El siguiente tramo fue especialmente duro. Al atravesar una alameda, escuchasteis el sonido del río, y no pudiste evitar estremecerte al notar cómo bajó la temperatura. Ni el forro polar ni la activación de tu cuerpo conseguían hacerte entrar en calor. Atrás dejasteis a un hombre que no podía con su alma, se pensaba retirar en San Sebastián. No quisimos decirle lo que aún le quedaba...lo cierto es que ni nosotros mismos estábamos seguros de ello. Notas que te falta energía cuando te das cuenta de que estás hablando mucho menos de lo normal. El frío y el cansancio te estaban mermando. A lo lejos, se ve San Sebastián. Parecía cercano, pero el constante vaivén de las colinas que no parabais de subir os confundía. Desesperante.

Cuando pensabais que os quedaban aún 5 km para llegar al polideportivo, divisaste un cartel de la organización que os daba la bienvenida. Veías luz, gente...no podía ser. ¡Habíais llegado! Rápidamente entrasteis, sin coger siquiera las mochilas de avituallamiento, y os dirigisteis a tomar un buen caldo de pollo que os haría entrar en calor. Aquel vaso te devolvió a la vida. Ya estabas en San Sebastián de los Reyes, al fin. Según tú, ya sólo quedaba restar menos de 30km, lo más duro habría pasado... ¿O no?

Ánimo: 70%. Estado físico: 50%.

jueves, 16 de junio de 2011

100km en 24horas (II): Colmenar Viejo-Tres Cantos

Saliste con aires bastante renovados de aquel polideportivo. La temperatura cálida del agua te había devuelto a la vida. En tu mente, una única meta: llegar a Tres Cantos. El ánimo te empujaba, saliste con paso lento para reanimar lentamente tus enfriados músculos, y mientras te ibas comiendo aquel bocadillo que te preparaste para motivarte, comenzaste a hablar con un par de chicos que iban juntos en la carrera. Te contaron que su fallo del año pasado fue que empezaron con un ritmo demasiado fuerte, y no pudieron terminar. 'Por eso no debo preocuparme entonces', pensaste mientras te reías dentro de tu cabeza. Anduviste junto a ellos los 5km que os separaban del siguiente punto de avituallamiento, donde tomaste un bote de Gatorade y una barrita de almendras. A esto último lo calificaste de 'innecesario', pero sabías que tu cuerpo podría fallar sin avisar si no le ibas dando combustible periódicamente. En ese punto, tus acompañantes se detuvieron para refrescar sus pies. Tú decidiste continuar la marcha: te veías fuerte y cómodo. Además, el terreno ya lo habías recorrido alguna que otra vez.Ánimo:90%. Estado físico: 90%.

Durante el resto del camino fuiste solo, y para entretenerte, creaste un juego en tu mente que consistía en pensar qué acciones ibas a realizar en el siguiente punto de avituallamiento: masajear tus pies, beber, echarte reflex aquí o aquí, comer algo, estirar, cambiarte de calcetines, guardar alguna botella en la mochila...de esta forma te obligabas a escuchar constantemente a tu cuerpo. Ibas vigilando, como habías hecho desde el principio, a tu ingle derecha. Desde que empezaste el reto notaste un pequeño dolor, de intensidad 2 sobre 10, que nunca llegó a aumentar, pero tampoco desaparecía No te preocupaba especialmente, pero no estaba de más hacer un seguimiento periódico.

La estrategia parecía clara: ahora que ibas solo, aprovecharías para caminar con paso alegre mientras las piernas te lo permitieran, teniendo únicamente en tu cabeza como objetivo final llegar a Tres Cantos. Para ti, no había nada más...de momento. Era demasiado pronto para pensar en los 100. Por ahora, te tocaba disfrutar sin pensar en nada lejano.

Está atardeciendo, el paisaje no puede ser más espectacular. Decides grabarte un vídeo contando tu situación para entretenerte, y mientras tanto saboreas el suave calor que comienza a evaporarse. Cae la noche. Decides que, ahora que queda poca luz, es el momento ideal para ponerte en 'modo nocturno': te quitas la gorra y las gafas, sacas el frontal y el forro polar, y el buff pasa de estar en tu cabeza a cubrir tu cuello. Todo preparado para continuar sin sol.

Por el camino hubo mucha gente que te llamó para ofrecerte su apoyo, lo cual agradeciste por los ánimos, y sobre todo por la compañía. A lo largo del recorrido, sólo se divisaban barras de luz fría que alumbraban tu horizonte. Y a lo lejos, y cada vez más cerca, las luces de Tres Cantos.

Llegas fresco al polideportivo. 52km llevan tus piernas a cuestas. Rápidamente buscas tu mochila, número 524. Te sientas, sacas el contenido de tu equipaje y te quitas las zapatillas para airear tus pies. Problemas: un par de ampollas comienzan a nacer. Hasta ahora habías salvado un par de rozaduras con compeeds, pero esto podía llegar a ser más grave.

Decidiste que no era buena idea jugártela, ya que aún te quedaba la mitad del camino por delante, por lo que después de darte una buena ducha, fuiste a los servicios de atención médica. Más problemas: mucha gente en la cola. No podías hacer nada más que aguantarte. Lo peor es que todo el colchón de tiempo que habías ganado, lo podías perder ahora, pero era lo que tocaba. O eso o podía que no acabaras. Tras 40 agónicos minutos de espera, te atendieron los trabajadores de Protección Civil, increíbles profesionales y mejores personas. Te hicieron un par de apaños para que no te molestase demasiado al andar, y listo.

Era el momento de irse, pero ¡mierda! ¡Se te había olvidado sellar el rutómetro al llegar, qué cagada! ¿Qué hora es? Las 00:40...¡joder, el polideportivo cerraba hace 10 minutos! Bueno, calma, te sellarán igual. En efecto, tu papel fue sellado, pero tu problema mayor no era ese...habías ido todo el rato rozando el límite, pero esta vez la espera con los ampollólogos te había retrasado mucho. Ahora saldrías 10 minutos por debajo del tope, lo que sólo significaba una cosa: O espabilas o no llegas.
Por delante de mí, 23km hasta San Sebastián de los Reyes. Ánimo:80%. Estado físico: 75%.

Continuará...

martes, 14 de junio de 2011

100km en 24horas: Colmenar Viejo-Colmenar Viejo

No sabes exactamente por qué, pero aquel día decidiste apuntarte a ese reto. Seguramente porque buscabas ponerte al límite, porque implicaba una actividad física y porque se realizaba al aire libre. Es un cóctel que siempre te ha encantado.

Aquel viernes por la noche, antes de que todo empezara, decidiste revisar tus mochilas. Con las provisiones listas y la vestimenta con la que comenzarías el día siguiente encima de la silla repasaste unas fotos, leíste unas líneas de ese libro que nunca parece acabar, y te fuiste a dormir. ¿Sería casualidad que soñases aquella noche con superar la prueba?

Fue Alberto quien te despertó. Llegó 10 minutos antes de la hora prevista. Desayunaste, y cargado con las 4 mochilas, te pusiste rumbo a Colmenar Viejo. Al llegar a la estación, Iván os esperaba. El equipo estaba completo, los corazones comenzaron a bombear con fuerza, en señal inequívoca de la excitación que suponía el reto que teníais por delante. Recogisteis los dorsales, las bolsas de avituallamiento y el rutómetro. Colocaste cada mochila en su destino adecuado, y los últimos minutos los aprovechaste para embadurnarte de crema solar y masajear tus pies con vaselina y crema reparadora. Calentaste. Aquel gemelo te había estado dando guerra durante la semana, pero ese sábado parecía que todo dolor había desaparecido. Miras a tu alrededor, y observas que, entre los participantes, hay un hombre descalzo y, muy cerca de ti, un hombre ciego abrazado a su guía. Piensas en ellos como un ejemplo increíble de superación, y te repites que tú hoy crearías el tuyo propio. Comienza la prueba. Ánimo: 100%. Estado físico: 100%.



Durante el primer tramo, el que resultó ser más duro, todo era ilusión, adrenalina, esperanzas...con la compañía de tus amigos, saboreaste cada brisa en aquel día tan soleado. Al salir del polideportivo de Colmenar, escuchaste a tu espalda: 'ya sólo quedan 50 personas'. Entonces preguntaste en voz alta:'¿Me estáis diciendo que por delante de nosotros ya hay 1200 personas?' Alguien se rió. En aquel momento, se te grabó a fuego una frase que tendrías que recordar más de una vez durante aquellas 24 horas: 'Aquí ganará quien acabe la prueba. Mi único rival soy yo mismo.'

No contemplaste nunca la opción de hacer los 100km de una tacada. Tu estrategia mental pasaba por llegar al siguiente polideportivo, considerando los distintos avituallamientos como metas volantes que te irían marcando el ritmo que deberías seguir.

El primer avituallamiento ya os indicaba que vuestro ritmo era bajo, llegasteis 10 minutos antes de su cierre. Esto creó un componente de estrés adicional que no ayudó en nada: las paradas fueron atropelladas, contadas con cuenta gotas y poco eficientes. Con el tiempo, los distintos errores fueron pasando factura: Alberto tenía molestias en sus pies, e Iván en su espalda. Comienzan sus dudas y tu incertidumbre. ¿Cómo acabará esto?



En un tramo precioso desde donde divisabais el castillo de Manzanares El Real, os encontrasteis con un abuelo de 70 años que portaba una mochila de la Maratón Popular de Madrid. No pudiste resistir la tentación de preguntar. En efecto, el abuelo era una máquina. Había hecho este camino varias veces, y te insistió en que ibais mal de tiempo. La experiencia es un grado, lo que hizo que tu estrés inevitablemente aumentara. Mientras tus hormonas bombeaban tu corazón, el abuelo os dejó atrás corriendo. Tus ojos no podían creer lo que veían...'hay ejemplos de superación everywhere', pensaste. Íbais mal de tiempo, y tus compañeros iban fastidiados. Mal panorama para el equipo.

Fue a falta de 10 kilómetros para acabar el primer tramo, mientras pasabas junto a una via ferroviaria, cuando supiste que era hora de tomar ciertas decisiones. Tus compañeros te apoyaron en todo momento para que siguieras solo, pero a ti te costaba hacerlo. Te llevaba costando desde hacía algunos kilómetros atrás. ¿Qué vas a hacer? ¿Les abandonas? ¿Qué ibas a solucionar quedándote ahí? Decidiste compartir tus dudas con tus compañeros, tenías que tomar una decisión YA. Te arrimaste a Iván, y le comentaste todas tus preguntas interiores. Él te miró fijamente, y te dijo 'tú tira, nosotros no vamos a acabar, estamos muy jodidos. Te veo muy bien, lo vas a conseguir'. Esas palabras se te grabaron a fuego. Decidiste despedirte apenado de tus compañeros, y cogiste sus palabras y su recuerdo como la mayor motivación para seguir. Tenías que hacerlo, su esfuerzo lo merecía. Y el tuyo también.

Emprendiste la marcha, y continuaste los últimos 10km a una velocidad superior a los 7km/h. A medida que adelantabas a la gente, veías el objetivo más cercano. Los avituallamientos se habían convertido en puntos de pasada, en lugar de puntos de parada. No había cansancio, sólo estrés, del positivo, del que 'te pone'. Y durante esos últimos kilómetros hasta regresar a Colmenar, no dudaste ni un segundo que ibas a conseguir el reto, desde la humildad, siendo consciente de que sólo podrías pensar en el siguiente polideportivo.

Recuerdas entonces la frase de Josef Ajram, 'Lo importante es terminar lo que empiezas', y sabes que ese sería otro apoyo para el resto del viaje en momentos de debilidad. También recuerdas los consejos de mucha gente acerca de nosequé de tener cabeza, o algo así...sabías que tendrías que esforzarte en saber parar si fuera necesario. Pero en la soledad, te preguntabas dónde estaba la frontera entre el 'debo parar de verdad' y el 'mi cabeza me está dando excusas para no seguir'. Siempre has tenido esa duda. Siempre lo cuestionas. Hoy, quizás tendrías que hacer un esfuerzo extra más adelante para responder a esa pregunta.

Estás en Colmenar, al fin. Los últimos 2km por carretera se te hicieron imposibles, infinitos. Odias el asfalto. Sólo querías llegar para darte una ducha. De camino, te encuentras de nuevo al abuelo de 70 años. Te repite que ya vas tarde. En lugar de estresarte, esta vez sonríes: de nuevo estás dentro del partido, has llegado dentro del margen de tiempo: 35km en 7h y 40 min. Ahora sólo queda refrescarte, tratar tus pies, coger comida de tu mochila en el polideportivo, cambiar de ropa y seguir la marcha. Ánimo: 90%. Estado físico: 90%. Siguiente objetivo: 15km hacia Tres Cantos.

Continuará...